viernes, 13 de mayo de 2016

Amanecer... el filo del placer




Desperté mucho antes del amanecer, antes de descubrir los ojos pardos de mi rubio moloso, de notar el húmedo hocico apremiándome como todos los días, contento y agitado moviéndose alrededor de mi cama. Desperté antes incluso de que el primer destello de sol anunciara la llegada del nuevo día.

Desperté pensando en noches de insomnio… noches que se tornaron amaneceres envueltos en un sentir especial, acariciados por esas palabras, que a mi pensamiento retornaban a cualquier hora del día, que me hacían sonreír.

Cerré nuevamente mis ojos intentando recuperar el abrazo de sus palabras entre la bruma de un sueño, regresando a un momento mágico que me permitiera recuperar ese sentir, antes siquiera de saber si en los próximos días me sería posible vivirlo de nuevo.

Me sobresaltó el contacto de unas manos fuertes apresando mis tobillos, arrastrando mi cuerpo a los pies de la cama, abriendo mis piernas hasta el punto de sentir una fuerte presión en las ingles. Apresando mis pies, antes de que mi mente tuviera a penas tiempo de reaccionar, uno tras otro, para mantenerlos en esa postura… inmóvil.

Pude sentir su aliento sobre mi piel, ascendiendo poco a poco, haciéndome sentir todo el peso de su cuerpo justo en el momento en el que sentí sobre mis cada vez más húmedos labios, castigados por mis dientes que momentos antes los presionaban, su respiración exhalar en mi boca, permitiéndome inhalar su esencia mientras alzaba mis manos engrilletándolas juntas sobre mi cabeza.

No me atreví siquiera a abrir los ojos… Mi cuerpo absorbía su calor, su fuerza. Pude advertir una leve sonrisa en sus labios, sabiendo que, aunque no sujetara los grilletes de mis manos a ningún lugar, seguirian rozando el cabezal de mi cama, no se iban a mover de esa posición.

La breve desazón de la ausencia se apoderó de todo mi cuerpo cuando dejó de permanecer sobre mí, cubriéndome, inmovilizándome con un simple movimiento que apenas me permitía respirar. Recuperé el aliento anhelando esa presión, deseaba perderlo de nuevo…

Tras unos instantes que se me antojaron la más larga eternidad, pude sentirle nuevamente entre mis piernas. Avanzando sigiloso, notando únicamente el leve ceder del colchón bajo cada uno de sus movimientos.

Fue entonces cuando pude sentir esa sensación…. El frío contacto del metal acariciaba el interior mis muslos, contrastando con el calor que emanaba su cuerpo que parecía fundirse sobre el mío para que lograra sentir su alma. Me estremecí….

Sentía esa hoja deslizarse, arañando levemente cada milímetro de mi piel, sin herirme. Sus manos la seguían cual fieros guardianes, regalándome cálidas y suaves caricias, irguiendo el bello de mi piel a cada mínimo movimiento, haciendo que mi cuerpo se arqueara y se humedeciera mi entrepierna cada vez más, mientras en mi boca, mis labios se entreabrían dejando emanar gritos de mi interior tornados en suspiros, apretando los ojos con mayor intensidad.

De pronto… se alejó nuevamente dejándome huérfana de ese sentir.

La fría hoja regresó, acompañada una vez más de Sus manos que presionaban brevemente mis muslos, impidiéndome el más mínimo movimiento. Situada en el perineo, descubriéndome cuál sería su camino, haciéndome así presionar mis nalgas ante tan desconocida sensación.

Un enorme suspiro llenó mis pulmones, un temblor iniciado en mis labios se apoderó por un breve instante de todo mi cuerpo, deteniendo incluso mi corazón unos instantes después.

La hoja ascendía, con la presión suficiente para poder sentirla rasgando la tela que cubría tan sensible parte de mi cuerpo, humedecida cada vez más por tan inexplicable e intensa excitación.

Ascendía desgarrando cada una de las fibras que se interponían en su camino, rozando levemente mi piel que a su paso se estremecía ante la magnitud de esa sensación, firmemente dispuesta a alcanzar su derrota despojándome así de todo aquello que cubriera esa parte de mi cuerpo, la única parte que permanecía cubierta, oculta y recatada a pesar de tan impúdica posición que permitía contemplarme en absoluta desnudez de cuerpo y alma.

Alcanzó al fin su objetivo, en la parte inferior de mi vientre…. Ya sin poder contenerme, liberé un sollozo, un jadeante suspiro que murió repentinamente, cortando mi respiración de nuevo en el mismo momento que sentí sus manos arrancarme los restos de tela de un tirón y su boca acometer hundiéndose en mi humedad, sus labios, su lengua, sus dientes…. Devorándome con violencia a la vez que apoyaba sobre mi torso, entre mis pechos erectos, el arma que instantes antes cubría de frías caricias mi estremecido cuerpo.

Ni siquiera era capaz de reconocer la infinidad de sensaciones que envolvían todo mi ser, que me apresaban sin encontrar resistencia alguna, abandonada, rendida a ese sentir.

Al borde del orgasmo más intenso que jamás habría sentido, justo cuando mi sexo empezaba a palpitar, se detuvo. Deseaba mantenerme en ese estado, en esa tortura de sentir que tu cuerpo se desborda en deseos de explotar.

Ascendió por encima de mi cuerpo, haciéndome sentirle sobre mí, arrebatándome cualquier posibilidad de movimiento que no fuera controlado o dirigido por Él, sintiendo la presión de su miembro erecto sobre mi sexo…. Y entonces noté el breve roce de esa hoja en mi piel, alejándose nuevamente de mi cuerpo al tiempo que el de ese hombre que lograba enloquecerme, poseerme por instantes, me abandonaba nuevamente en la decadente sensación de vacío dejando de sentirle sobre mí.

Acariciando mi mejilla, me instó a abrir mis ojos que todo el tiempo habían permanecido cerrados entregándome a ese maravilloso sentir. Pero mis oídos no lograban reconocer el sonido de su voz, ni mis ojos ver más allá de la extraordinaria forma de un rostro desconocido, borroso. Mis sentidos no lograban ver ni oír… solo sentirle.

Posó en mis labios un beso dulce mas no demasiado casto, antes de apresar mi mentón, abriendo mi boca a la vez que acariciaba mis labios con sus dedos mientras acercaba una mordaza que abrocharía instantes después, firmemente, con fuerza.

Entonces puso la hoja frente a mi… un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras contemplaba el espectáculo de mis propios ojos reflejados en el perfecto metal.

Bajó mis manos engrilletadas, entumecidos mis brazos de la presión de mantenerme inmóvil y me acomodó entre sus brazos, acunando la parte superior de mi cuerpo mientras mis piernas permanecían abiertas, sujetas a los pies de la cama.

Rodeó mi cuerpo con su abrazo, a la vez que jugueteaba con la hoja de aquella asombrosa arma que rozaba mi cuerpo en sinuosas caricias, me acomodaba para que pudiera verla, rodeando cada uno de mis pezones, pinchándolos levemente, sintiendo la sensación de que en cualquier momento, sin ni siquiera sentirlo, podía empezar a sangrar…

Jugaba con mi cuerpo y mis sensaciones a voluntad… haciéndome permanecer en un estado de inquietud constante, y a la vez de serenidad, de calma. Alzó entonces mi cabeza con brusquedad y puso la hoja sobre mi cuello, presionaba cada vez con más intensidad, pero sentía que sus ojos me miraban, me protegían de cualquier sensación de temor.

Mi entrepierna ardía, palpitaba con tremenda intensidad a la vez que mi respiración se entrecortaba y pude sentir una pequeña gota descender desde donde la hoja presionaba mi cuello en dirección a mi pecho.

Desabrochó la mordaza de mi boca, mis labios babeantes, me costaba recuperar el movimiento de la mandíbula debido a la presión que ejercían mis dientes ante tan brutal sensación. Sus manos me sujetaron, moviendo mi cabeza hacia atrás mientras su lengua lamía la sangre que emanaba de la pequeña herida que curó de inmediato, besándola para luego regresar a mis labios, regalándome ese sabor para fundirnos en el más pasional e intenso beso que jamás antes había sentido.

Momentos después, cuando pude recuperar el aliento… posó sobre mis manos unidas aun por los grilletes, la hoja en la que permanecía un pequeño rastro de sangre. Sentí el deseo de lamerla, de sentir el sabor de mi propia sangre en el frío metal.

Antes de que pudiera siquiera reaccionar, inmersa en mis sensaciones… liberó mis piernas y me dio la vuelta, postrándome en posición opuesta a él, colocándome con el arma aun en mis manos, en posición de uso y penetrándome repentinamente, con fuerza, hasta alcanzar lo más profundo de mi ser.

A la vez que gemía, que gritaba inevitablemente, contemplaba mis manos, tomando esa arma, colocada en mis manos presas, como si estuviera ofreciéndola a los dioses… ya no creía ver el cabezal de la cama, sino lo más elevado de un hermoso cielo.

Mis ojos se cerraron nuevamente, mis piernas flojeaban y Sus manos sujetaban mis caderas elevando mi trasero, acompañando cada embestida, cada vez con más fuerza, hasta que al fin, derrotada, escuchando sus jadeos, sintiendo su inminente explosión, supliqué, rogué que me concediera el honor de saborear su placer…


Una sensación húmeda, fría, rozando mi codo, hizo que abriera los ojos. Alcé la mirada… ningún grillete rodeaba mis manos y éstas nada sujetaban… Estaba sola en mi habitación, excitada, sudorosa, bañada por unos leves rayos de luz que acompañaban el amanecer, con la única compañía de mi cariñoso y rubio cánido dando vueltas por la habitación, agitado ansiando su habitual paseo.

Entonces una sonrisa brotó en mis labios, al descubrir que incluso en ausencia de la compañía de ese hombre extraordinario, del abrazo de sus palabras… Su Presencia, volvió a poseer mi sentir una noche más.



vera










viernes, 29 de abril de 2016

Mi chiquitina




Hace un año ya de la despedida, de  la ilusión por esa nueva vida que no fue, de esas palabras que hoy comparto...



Mucho hemos pasado juntas en todos estos años, risas, cabreos, kilómetros, caídas tontas, abandonos en mitad de la autopista, algún que otro chichón, quemaduras, mucha fiesta y sobretodo mucho ruido.

Fuiste la primera para mí y contigo aprendí que no hay nada mejor que sentir la vibración entre las piernas, el olor a aceite y gasolina, ver el sol a lo lejos y notar el aire en la cara.

domingo, 10 de abril de 2016

En defensa propia




Llegará un día en que las sumisas nos veamos obligadas a tener que empuñar un látigo... para defendernos.

Si... Para defendernos. Pero no de ningún hombre. No de un individuo que supuestamente nos maltrata sometiéndonos a su voluntad, porque nosotras, las que inducidas o manipuladas "accedemos" a ser sumisas, somos solo débiles damiselas que necesitamos unos cuidados que ellos nos dan a cambio de nuestra entrega. ¡¡Pobres víctimas de ese régimen llamado "patriarcado"..!! (no creo necesario decir que estoy siendo sarcástica... Pero por si acaso, queda dicho).

Nos vamos a tener que defender de esas "auto-proclamadas feministas" que parecen ahora extenderse cual setas en otoño, criticando todo aquello que, a su nada humilde parecer, es intolerable, degradante y vejatorio para cualquiera de las que desafortunadamente compartimos género con ellas.

jueves, 31 de marzo de 2016

Que brillen mis ojos




Regreso.... Vuelvo de nuevo al lugar donde las personas que me quieren, que me conocen, no logran ver más allá de la imprecisa imagen del recuerdo de antaño, la visión de la niña que un día fui.

Me miran... y puedo notar en sus ojos que aún la buscan, que desean que vuelva esa vulnerabilidad que hace tantos años desapareció. La necesitan para ser lo que un día fueron. 

El héroe de todos mis cuentos, mi mejor compañero de juegos, la fuerza que me sostenía, que me alzaba, que me mostraba este mundo que me vería crecer, desde sus propios ojos. Que me hacía llorar un instante para que siempre pudiera sonreír. 

No ven, que el mismo día que me fui por primera vez, marchó conmigo, para desaparecer, para regresar solo en mis peores momentos, los que prefiero afrontar en íntima soledad.

martes, 1 de diciembre de 2015

La hegemonía de un Sueño




¿Cuándo un sueño importa más que los demás? ¿En qué momento descubres que, ese cúmulo de excitantes imágenes, a veces sin sentido... que ese dulce sueño entre otros tantos, es especial?

En la profundidad de tus ojos entrecerrados, sumida en el cansancio y en un adormecido estado febril, de pronto recibes una orden.

Tus ojos se abren como platos, tus labios se curvan tornándose en una pecaminosa y leve sonrisa, tu pulso se acelera y sientes por todo el cuerpo la excitación. 

Aparece ese tambaleo involuntario y a veces invisible de la parte baja de tu cintura, esa cachorrita excitada que hay en tu interior, actitud que rauda rectificas, pues es Él y solo Él quien decide cómo has de servirle, lo que has de ser.